This week, I would like to continue sharing some reflections and encouragement surrounding prayer.
Frequently, I hear people say that they feel something is lacking in their prayer or that they do not know how to pray as they should. Sometimes, this sense of inadequacy can lead one to carry a sense of shame or self-doubt in regard to prayer.
Other times, this sense can leave one with such spiritual paralysis that it leads them to choose not to spend time in prayer at all – it is easier to avoid prayer than to face our own sense of failure in prayer.
This, my friends, is a classic tactic of the Evil One, the enemy of human flourishing, peace, and joy. The Holy Spirit will never direct us or motivate us by shaming us or filling us with a sense of inadequacy.
The Holy Spirit, rather, draws us through peace, joy, and holy longing.
Mother Teresa famously said, “To those who say they do not know how to pray, let me teach you: you learn to pray by praying.”
We do not grow in prayer by learning more techniques or mastering one technique or another. We grow in prayer by spending time in prayer.
If you feel like you are not praying well, do not listen to that feeling. It is not in your best interest. It is impossible to pray incorrectly.
All prayer is good and beneficial.
We do not come to prayer to have a perfect technique or devote perfect concentration.
We do not come to prayer to produce any insight or experience.
We come to prayer to give God time and space in our lives devoted solely to him, and to allow him to change us according to his ways.
No time spent in prayer is wasted. It is impossible to pray incorrectly. Nothing can substitute for putting in the time with our Lord. I encourage you to commit yourself to a daily time of prayer. Be faithful to it, no matter how you feel you are doing during it or what you feel you get out of it. Do this, and you will be changed.
Father Jerome
Madre Teresa: aprende a orar orando
Esta semana, quisiera seguir compartiendo algunas reflexiones
y palabras de ánimo sobre la oración.
Con frecuencia, escucho a personas decir que sienten que falta algo en su oración o que no saben cómo orar como deberían. A veces, esta sensación de insuficiencia puede llevar a cargar con un sentimiento de vergüenza o de duda sobre uno mismo en relación con la oración.
En otras ocasiones, este sentimiento puede provocar una parálisis espiritual tal que lleva a la persona a decidir no dedicar tiempo alguno a la oración: resulta más fácil evitar orar que enfrentarse a nuestra propia sensación de fracaso en ella.
Esta, migos míos, es una táctica clásica del Maligno, el enemigo del florecimiento humano, de la paz y de la alegría. El Espíritu Santo nunca nos guiará ni nos motivará avergonzándonos o
llenándonos de una sensación de insuficiencia.
Más bien, el Espíritu Santo nos atrae mediante la paz, la alegría y los santos anhelos.
La Madre Teresa dijo una vez una frase célebre: “A quienes dicen que no saben orar, permítanme enseñarles: se aprende a orar orando.”
No crecemos en la oración aprendiendo más técnicas ni dominando una u otra técnica. Crecemos en la oración dedicando tiempo a orar.
Si sientes que no estás orando bien, no hagas caso a ese sentimiento. No te conviene. Es imposible orar mal. Toda oración es buena y beneficiosa.
No acudimos a la oración para aplicar una técnica perfecta o mantener una concentración perfecta. No acudimos a la oración para generar alguna revelación o experiencia concreta.
Acudimos a la oración para dedicar a Dios un tiempo y un espacio en nuestras vidas consagrados exclusivamente a Él, y para permitirle transformarnos según sus caminos.
Ningún tiempo dedicado a la oración se pierde. Es imposible orar mal. Nada puede sustituir el tiempo que pasamos con nuestro Señor. Te animo a comprometerte a dedicar un tiempo diario a la oración. Sé fiel a ese propósito, independientemente de cómo sientas que lo haces o de lo que creas obtener de ello. Haz esto y serás transformado.
Padre Jerónimo